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Como personas en búsqueda de una vida armoniosa es deseable ser cada vez más conscientes de la importancia de conocer el proceso espiritual de nuestro árbol genealógico, puesto que, cuando lo conocemos, podemos ir entendiéndonos mejor y aportando nuevas luces a nuestra vida personal y familiar.


La psicología dice que tanto daño hace el abandono como la sobreprotección, son igual de dañinas y ambas formas de reaccionar ?tanto abandono como sobreprotección? no nos están ayudando a vivir libres en bienestar.


¿Cuál es la respuesta entonces? la respuesta es encontrar el equilibrio entre ambas, es encontrar nuestra propia forma de responder a la vida, no desde la herida sino desde el aprendizaje. Cuando respondemos desde la herida estamos desequilibrando aún más nuestro árbol de la vida y desde el desequilibrio no tendremos la capacidad de educar con un amor real, un amor sano, que llene a nuestros hijos de la fuerza que se necesita para vivir su plan de alma en todo su potencial.




Responder desde el aprendizaje y no desde la herida no significa el ejercicio mental de ?te perdono mamá o papá? esto es ilusorio también, cuando aprendemos Kabbalah y realmente la bajamos a nuestra vida, nos damos cuenta que no hay nada que perdonar, porque todo lo que experimentamos responde al plan de evolución espiritual que necesita nuestra alma, y sé que visto desde lo racional hay muchas cosas que no se pueden perdonar, ¡lo sé!, pero mientras más intentamos lidiar con la mente o la emoción sobre asuntos dolorosos, menos podremos iluminarlos. El camino más corto y más real es encontrarle una respuesta espiritual a todas nuestras vivencias. En este sentido, la Kabbalah es una herramienta enorme si estamos dispuestos a estudiarla y practicarla.


Una vez que logramos este punto de equilibrio, gradualmente vamos encontrando una fuente de amor pura, una fuente de amor que ilumina, que guía, que acompaña, sin interferir ni lastimar a las hermosas almas a las cuales llamamos hijos, otorgándoles a ellos, a nuestros ancestros y a nosotros mismos el mayor patrimonio que podemos construir: el patrimonio espiritual.